El que no arriesga no gana, me dijo una vez un chico. Sí, pero tampoco pierde nada, dice ésta cobarde ahora al teclado. Arriesgar no siempre está tan bueno, especialmente cuando todo te termina saliendo como el mismo orto.
Ahora, la situación se complica, porque lo que me paraliza no es sólo arriesgar y perder. Lo que me tiene estática como un animal salvaje esperando el ataque es el miedo a arriesgar, ganar y darme cuenta que por lo que me jugué toditas las fichas no es lo que yo quiero. Y en ese proceso, lastimar a los individuos involucrados en la cuestión.
Okay, todos los días, desde hace no sé cuántos incontables meses, esta joven atraviesa un proceso inconsciente (siempre el mismo) tan pautado como una fórmula matemática o la misma Constitución Nacional.
El mismo consiste en los siguientes pasos, ordenados siempre de la misma forma, exceptuando alguna alteración de orden entre la segunda y la tercera.
1) Negación. Entiéndase por negación como la no aceptación de la cuestión, ni a nivel personal y mucho menos, a nivel público.
2) Acaparación. Querer ocupar todo su tiempo y espacio.
3) Bombardeo comunicativo. Cualquier excusa es buena para mandarle un mensaje.
4) Resignación. Anulación de cualquier tipo de celos y/o esperanza.
5) Confusión. Planteo personal de lo real e imaginario de la cuestión.
6) Indiferencia. A la situación, a la persona y a los sentimientos hacia la misma.
7) Estabilidad. Todo está bien. Todo está bien. Muy bien. ¡Excelente!
9) Negación... y vuelta a empezar.
Como dijo un buen amigo... Time to move on. (Qué paradoja)

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