martes, 10 de noviembre de 2009

Fantasmita

A veces me gusta imaginarme inventos que serían útiles a la humanidad.
Hoy, mientras dormitaba en el tren pensaba en el siguiente:
una máquina que reproduzca exactamente en nuestra memoria momentos del pasado. Los colores, las voces, las miradas, las sensaciones táctiles, los olores, los sabores, etcétera. Las sensaciones, sobre todo. Y las caras, que con tantan fácilidad desparecen de mi memoria, y que con tantísimo esfuerzo consigo, vagamente, reconstruir.
Pero después pensé que si esto existiese, los momentos dejarían de ser especiales. Esa unicidad de los hechos que pasan una vez por casualidad, casi como un milagro, dejandonos una sensación extraña para siempre en nuestro interior. Por eso, mejor recordar así: con recortes, con subjetividades, recordar como se nos antoje. Después de ser vivida, la realidad nunca es capaz de volver a ser reconstruida. Luego sólo la recordaremos según la percibimos.
Al menos, todavía me queda el recuerdo... y ese recuerdo es mío, es único, se puede interpretar de mil maneras y sobre todas las cosas, es infinito.
(Bueno al fin y al cabo yo también tengo derecho a ser sentimental aunque sea un día)

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